Este pasado fin de semana ha tenido lugar, como cada temporada por estas fechas, el campeonato español de la caza del zorro.

Galicia ha vuelto a ser el escenario elegido para llevar a cabo esta atroz actividad.

En los últimos meses del año suele comenzar el período de caza oficial, y es a partir de ese momento cuando los cazadores y sus escopetas toman los montes para asesinar a miles de animales. Como ya es tradición (término utilizado generalmente para argumentar que se lleve a cabo una acción), entre finales de enero y principios de febrero tiene lugar el fin de fiesta: la caza del zorro, que consiste en que todos los grupos participantes, formados por diez cazadores, deben matar al máximo número de zorros en el menor tiempo posible. Y quien más piezas se ha cobrado (jerga que utilizan) gana, y se lleva un trofeo. Como dato, es interesante remarcar que la mayoría de los zorros participantes terminan el juego en la basura.

Durante la temporada de caza, solo en Galicia se abaten unos 12.000 zorros. Varios son los argumentos que esgrimen los colectivos de caza. Uno de ellos es el de controlar la población de esta especie, pues la densidad del zorro es superior en la región a la “recomendada”. Para el colectivo de cazadores, una súper población aumenta el riesgo de accidentes de tráfico, y por otro lado, el zorro es un depredador natural de aves, animales también pretendidos por el depredador humano, por lo que no resulta interesante que el zorro se alimente de especies que el cazador desea como trofeo. Uno de los argumentos más sorprendentes que emplean para justificar la barbarie es que, tras ser cazado, el zorro es sometido en muchos casos a análisis veterinarios para comprobar el estado de salud del que goza la especie, y cuanto más grande es la muestra, más fiable es el resultado.

A continuación, analizamos algunas propuestas que desmontan cada uno de estos argumentos. Para comenzar, hemos de tener en cuenta que el censo de zorros (y de otras piezas de caza “legal”) es llevado a cabo por las propias federaciones de caza, y ya sabemos que lo de juez y parte es difícil de combinar. Por tanto, lo de exceso de población hay que cogerlo con pinzas. Pero, aún así, demos por válido que haya una súper población de esta especie. Está demostrado que un control de la población mediante la esterilización funciona mucho mejor que la caza, pues es un dato comprobable que, cuando dicho control se lleva a cabo mediante la caza indiscriminada, la población repunta y crece. Ya son varios los municipios españoles donde se ha puesto en marcha la iniciativa de la castración química con excelentes resultados.

El asunto de los accidentes de tráfico es un tema muy complejo que da para un artículo en sí mismo. Pese a ello, se puede analizar cómo se gestiona esto en países del norte de Europa, con pasos naturales creados por encima de las carreteras, por donde los animales cruzan. Estas soluciones han funcionado y se ha visto reducido en gran manera el número de accidentes provocados por la presencia de animales.

El último argumento, el relacionado con el estado de salud de la especie, casi no necesita ni explicación. En el momento en que se duerme al animal para la castración química que evite la súper población, se analiza su estado mediante una simple extracción de sangre. Porque hablar de analizar el estado de salud matando al individuo a examinar es, cuanto menos, contradictorio.

En España, una persona puede conseguir la licencia de caza a partir de los 14 años. Resulta sorprendente que alguien que no tiene edad para beber o votar pueda empuñar un arma y arrebatar otras vidas.

Hemos querido dejar para estas alturas otro argumento utilizado en favor de la caza. La respuesta de las federaciones y colectivos de cazadores ante las denuncias de los defensores de los derechos de los animales es que la caza del zorro es legal. Quizás es el argumento más triste. ¿Que sea legal implica que sea correcto o ético? Rotundamente no. No olvidemos que el Apartheid fue legal, y que el exterminio del pueblo judío a manos del gobierno nazi también lo era. Y, pese a que era legal, ¿era lícito? Cuando se utiliza el argumento de la legalidad es que el resto de razones carecen de fuerza.

Una portada de la revista Jara y Sedal de hace pocos años mostraba la foto de un niño con una escopeta en una mano y una pieza cobrada en la otra, y el titular apelaba a cuál era el futuro de la caza. Conociendo esta publicación, no sorprende el contenido si no fuera porque en el lateral de la imagen aparecía el logo de Radio Televisión Española, organismo público que es quien financia y da soporte tanto al programa emitido en la televisión pública como a la revista impresa.

Tanto el gobierno del estado como el de la comunidad de Galicia subvencionan con fondos públicos actividades como la caza del zorro, pues dinero de todos los contribuyentes va a parar a manos de las federaciones de caza. El gobierno de Extremadura, por ejemplo, lanzó un programa propagandístico en las escuelas dirigido a niños de entre 10 y 12 años, explicando las bondades y beneficios de la práctica de este, como llaman ellos, arte. Y todo esto amparado en el escudo de que la caza es un deporte (el segundo con más licencias federativas en Galicia, por ejemplo, solo por detrás del todopoderoso fútbol).

¿Tienen la culpa de la caza los cazadores? Sí. ¿Tienen toda la culpa? No. Todos los partidos políticos defienden la caza en mayor o menor medida. Todos salvo uno, el PACMA, que recientemente lanzó la campaña #YoNoDisparo en las redes sociales, precisamente para tratar de evitar la caza del zorro.

Hace dos semanas hablábamos de que el cambio debe venir a través de la educación. Pero si quien tiene la potestad sobre la misma es quien financia esta barbarie el camino se hace más difícil.

Bien harían los organismos públicos en examinar el modelo de estado que quieren y ser conscientes de que, quien caza, casi siempre utiliza perros que, tras la temporada de caza, son ejecutados con los métodos más crueles que existen, métodos que solo el ser humano es capaz de llevar a cabo, y no daremos ejemplos de ello porque resulta demasiado doloroso y el objetivo de este artículo no es ejemplificar el daño y el horror sufrido por los perros de los cazadores.

Poco más nos queda que gritar: “corre, zorro, corre”. Pero, ¿hacia dónde? El 80% del territorio gallego es coto de caza. El zorro no tiene escapatoria. Y el mundo político se lava las manos, o mejor dicho, se las ensucia con la sangre de miles de inocentes que mueren por la mera diversión de quien disfruta acribillándolos a balazos (de plomo, eso sí, que aunque contaminan más provocan una muerte digna según las federaciones de caza).

¿Existe una muerte digna para alguien que no quiere morir? ¿Existe una manera correcta de matar a alguien que lucha por su vida tanto como nosotros por la nuestra?

Martin Niemöller, pastor luterano alemán, dejó escrito lo siguiente:

“Cuando los nazis vinieron a buscar a los comunistas, guardé silencio, porque yo no era comunista.

Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, guardé silencio, porque yo no era socialdemócrata.

Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, no protesté, porque yo no era sindicalista.

Cuando vinieron a por los judíos, no pronuncié palabra, porque yo no era judío.

Cuando finalmente vinieron a por mí, no había nadie más que pudiera protestar”.

 

Seamos la voz de los miles de zorros que han sido asesinados estos días. Stop a la caza del zorro. #YoNoDisparo. ¿Y tú?