Cualquier persona que lea este post seguro que recuerda el famoso slogan de la conocida firma francesa: “¿Por qué L’Oréal? Porque yo lo valgo”. Han pasado ya 47 años desde que Ilon Spretch creara el conocido leitmotiv. A lo largo de muchos años la gigante firma de cosmética explicaba que dicho slogan se creó para reforzar el empoderamiento de la mujer en un momento en que el rol femenino tristemente estaba, aún más que hoy, ligado a las tareas del hogar y poco más.

En 2012, año en el que se celebraba el 40 aniversario de esta invención, la empresa francesa reconocía que el motivo original por el que se creó fue para justificar la diferencia de precio entre Préfèrence, tinte de L’Oréal, y el de su principal competidor, pero aprovechando lo agitado del revolucionario movimiento feminista, era más fácil subirse al carro y seducir a las consumidoras.

¿Mintió L’Oréal? Sí, aunque puede entenderse, comercialmente hablando, como una mentira piadosa, legal, aunque de dudosa ética.

Curioseando en su página web, y en otras, como PETA, nos encontramos con mentiras más difíciles de defender. La marca de cosmética asegura que ninguno de sus productos, ni ninguno de sus ingredientes, está testado en animales. Pero donde dije digo, digo Diego. En el siguiente párrafo afirman que PETA no incluye a L’Oréal en la lista de marcas que no testan con animales porque algunos de sus productos, al estar comercializados en China, deben pasar una serie de tests que, por obligación, deben ser probados en animales, que en este caso se encargan a terceras empresas, que es la manera de no salir retratado en la foto.

Del mismo modo, afirman que estando presentes en China pueden hacer más fuerza desde dentro para cambiar la legislación del gigante asiático. ¿Esto va en serio? ¿Realmente pretenden hacernos creer que el motivo de permanecer en China es cambiar la legislación para que se prohíba testar en animales?

En 2014, Magia Holding International Limited, una enorme empresa china de cosmética, fue vendida por más de 840 millones de dólares. ¿A quién? A estas alturas de la película la respuesta parece evidente: a L’Oréal. ¿Tal vez el motivo de quedarse en China sean 840 millones de razones? Seguramente sí. Tal vez cuando se cumplan 40 años de esta adquisición, reconozcan también que nos encontramos ante otra mentira.

En CUCO nunca vamos a dar soporte a este tipo de empresas, por dos motivos: por la utilización de animales en beneficio propio y por tomar a los consumidores por tontos. ¿Quieres experimentar en animales? Como mínimo, no trates de convencer al público de que no lo haces, y no crees el discurso de que tu esfuerzo va enfocado a terminar con estas prácticas.

En 2013, justo un año antes de la multimillonaria adquisición, la Unión Europea prohibió la venta de productos cosméticos que hubieran sido testados en animales. Este hecho fue el resultado de la aplicación de la primera fase de la normativa, que tuvo lugar entre 2004 y 2009. A partir de ese momento, muchas firmas, para adaptarse a la nueva normativa, comenzaron a eliminar sus tests en animales, o bien comenzaron a hacerlo mediante terceras empresas ubicadas, principalmente, en Asia. De este modo, cada marca trató de convencernos de que eran pioneras en ser cruelty-free, cuando en realidad se limitaban a cumplir la normativa europea, plagada, por cierto, de letra pequeña.

Y esa letra pequeña es la que permite que, en España, en 2017 todavía se utilizaran 793.000 animales para la experimentación. De esos casos, oficialmente se considera que el 87% de los animales tuvieron un grado de sufrimiento entre leve y moderado y un 8% declarado como severo. ¿Qué pasa con el 5% restante? No recobraron la consciencia tras ser sometidos al experimento, eufemismo utilizado por el Ministerio de Agricultura para decir que murieron durante las pruebas.

Esta experimentación no incluye únicamente los tests de la industria cosmética, sino que cuenta, principalmente, con la llevada a cabo por la industria farmacéutica, que se anota la mayor parte de estas pruebas y sus correspondientes muertes.

Vamos a darle una vuelta de tuerca a este asunto. La Leishmaniosis es una enfermedad que principalmente afecta a los perros y que, lamentablemente, está bastante extendida en España y es potencialmente mortal. Residualmente puede darse el caso de que un ser humano se contagie de esta enfermedad, y para ello hay un medicamento llamado Glucantime, desarrollado por la farmacéutica Sanofi (propietaria de marcas como A.A.S., Bisolgrip, Bisolvon, Dolalgial, Lizipaina, Mucosán, Pharmaton o Rhinospray). La misma formulación sirve para tratar la enfermedad en el caso de los humanos y los perros. De hecho, Sanofi sacó al mercado este medicamento enfocado al ámbito veterinario aprovechando la fórmula que ya tenía desarrollada para uso humano. Cualquiera podría pensar que la farmacéutica se preocupa por el bienestar de los animales, pero se daría cuenta rápido de que, pese a tratarse de la misma dosis, el precio llega a triplicarse (y hasta a cuadriplicarse hace poco más de un año) cuando el formato comercializado es el de veterinaria. Como decíamos que el consumidor no es tonto, la gente que tenía que comprar esta medicación para sus perros lo hacía en farmacias, comprando el formato específico para humanos, y Sanofi se percató de ello, y, desde hace unos años, es prácticamente imposible encontrar este producto en farmacias, pues Sanofi no lo distribuye para forzar la compra de un producto tres veces más caro (aunque es el mismo).

Hablar de un sistema sanitario público para los animales es un tema complejo, y no es el objetivo de este artículo, pero es evidente que no debería permitirse una situación de este tipo. Pero con la industria farmacéutica hemos topado. Y, en este sector, la experimentación con animales está regulada de una manera muy diferente.

Nunca vamos a tolerar el uso de animales para testar productos, y mucho menos vamos a admitir que nos mientan con ello, y que vendan como interés por el bienestar animal lo que en realidad es un objetivo pura y meramente económico.

Apreciada lectora, apreciado lector, os proponemos un pequeño acertijo. ¿A quién pertenece la farmacéutica Sanofi? ¡Bingo! A L’Oréal. No hay más preguntas señoría.