Hace poco ha salido a la luz un estudio en el que se habla de la memoria de las plantas. El responsable del mismo ha sido Stefano Mancuso, director del Laboratorio Internacional de Neurobiología Vegetal, quien afirma que, en base a los datos recogidos en el mismo, algunas plantas llegan a tener una memoria de dos meses, y que aprendían a protegerse o desprotegerse en función de experiencias previas llevadas a cabo durante el período en que fueron sometidas a examen.

Durante el estudio se utilizaron hasta un millar de ejemplares de un tipo de planta tropical sensitiva llamada Mimosa pudica, que se caracteriza por cerrar sus hojas como mecanismo de defensa contra sus depredadores. Se procedió entonces a lanzar las plantas desde una altura de cinco centímetros, momento en el que la planta cerraba sus hojas al no saber medir el peligro al que se enfrentaba. Esta reacción se repitió en el segundo y tercer ensayo, pero dejó de producirse a partir del cuarto, momento en el que se entendió que la planta había percibido que no existía peligro al caer desde tan poca altura. La sorpresa del equipo vino cuando, tras dos meses de tranquilidad, se volvió a lanzar a la planta en las mismas condiciones, y ésta continuó sin protegerse. Este comportamiento fue el habitual en las cerca de mil plantas que formaron parte de la investigación.

Mancuso comparó la memoria de estas plantas, que como explicábamos puede llegar a los dos meses, con la memoria de la que gozan los mosquitos, que se sitúa alrededor de un día. El mismo investigador llegó a decir que los humanos pueden llegar a ser más estúpidos que las plantas, pues ningún otro organismo sería capaz de llevarse a sí mismo a la extinción como lo hace el ser humano. El investigador entiende que acostumbramos a ignorar a las plantas porque las hemos mirado bajo un punto de vista antiguo, que las sitúa en la parte más baja de una escala aristotélica, con los animales no humanos justo por encima de las plantas y con la raza humana en la cúspide de la misma.

El hecho de que una planta pueda tener memoria podría explicarse intentando esgrimir argumentos basados en un sistema nervioso vegetal, vinculado de algún modo a aspectos relacionados con la inteligencia observada desde el punto de vista humano, o bien podría entenderse como un mero ejercicio de supervivencia. En cualquiera de los dos casos resulta, sin duda, un hecho sorprendente. Independientemente de ello, en la actualidad no existe todavía ningún estudio que demuestre que las plantas puedan sentir al no disponer de sistema nervioso. Sin embargo, este tipo de estudios sirven de lanzas para ser utilizadas contra las personas veganas, más como un simple intento de destruir los cimientos de la conciencia “pro defensa de los animales” que como una preocupación real por el dolor sufrido por las mismas.

Y, hablando de la conciencia y de las plantas, nos viene a la cabeza el uso de la ayahuasca. Esta bebida, que resulta de la mezcla de dos plantas típicas de las regiones amazónicas (la enredadera de ayahuasca y un arbusto llamado chacruna), es utilizada para conseguir estados alterados de conciencia en los que generalmente se producen visiones relacionadas con los miedos de la persona que la ingiere, con el objetivo de poder enfrentarse a ellos y conseguir una posterior paz interior después de un proceso difícil y peligroso.

Prácticamente cualquier persona que haya dado el paso al veganismo habrá escuchado en alguna ocasión que le han lavado el cerebro o cosas similares. La realidad, como sabemos, es bien diferente, y el catalizador para conseguir un estado de conciencia diferente no está basado en el uso de sustancias alucinógenas, sino que se produce a través de una mezcla de información, empatía y respeto. La suma de estos tres ingredientes se convierte en nuestra ayahuasca particular. En algunos casos podríamos hablar también de la compasión, palabra que nos gustaría desterrar de nuestro estilo de vida, pues ésta se da como respuesta al ver padecer a otro ser, que es precisamente lo que queremos evitar. No queremos compadecernos de los animales, pues esto implicaría que ya están sufriendo. Por eso preferimos hablar de empatía y respeto.

La falta de información, o de la misma empatía, produce, en ocasiones, que algunas personas tilden a las veganas y los veganos de supremacistas. En un nuevo intento de derrocar esta forma de vivir, algunos humanos utilizan este término al pensar que la persona vegana se siente superior a aquella que no lo es. Nada más lejos de la realidad. La libertad de conciencia y de elección es individual y libre para cualquier persona, aunque eso no implica que vayamos a cesar en nuestro intento de proteger los derechos de los animales no humanos, pues la libertad de conciencia y de elección de la que hablamos va ligada a la falta de libertad y de elección de estos últimos.

La supremacía se define como la superioridad absoluta o el grado más alto en una jerarquía o clasificación. Si nos paramos a analizar el término en cuestión, cargado de connotaciones negativas, ¿no sería más fácil definir precisamente como supremacista a aquel que considera que los animales no humanos están en un plano inferior en la pirámide aristotélica a la que se refería Mancuso, y que como consecuencia de ello están a disposición de quien quiere comerlos, vestirlos o usarlos en su propio beneficio?

Precisamente, los modelos vitales que sitúan al ser humano en la cúspide están basados en el antropocentrismo que ha ido conformándose a lo largo de los siglos, el mismo modelo que sitúa al humano en la cima de la pirámide y en el centro de un círculo donde todo gira en torno a él, considerándole el fin absoluto de la creación, tal y como recoge su propia definición.

Casualidades de la vida, esta semana se celebra el Día Mundial de los Derechos del Nacimiento. Para esta celebración existe un decálogo, del que podríamos destacar los siguientes puntos: “el bebé tiene derecho a ser atendido personalmente por su madre, como mínimo, durante el primer año. La madre tiene derecho a disfrutar del contacto íntimo con su bebé cuando desee”, “el bebé y su madre tienen derecho a permanecer juntos en las horas y días siguientes al nacimiento” o “el bebé tiene derecho a disfrutar de lactancia materna a demanda, al menos, durante el primer año”. Evidentemente, este decálogo y el día mundial que dio lugar a su creación, se refiere únicamente a los seres humanos. De los demás animales, por supuesto, ni hablamos… malditos veganos supremacistas…