Como regla general, en muchas ocasiones se considera que el lunes es, sin duda, la peor jornada de la semana. Lo es para aquellos que aprovechan los fines de semana para descansar, estar con los amigos, la familia, realizar hobbies, o cualquier otra cosa que ayude a romper la rutina en la que muchas veces se vive.

Corría el año 2005 cuando el psicólogo Cliff Arnall publicó una fórmula que, a su parecer, situaba el tercer lunes de enero como el Blue Monday (lunes triste traducido al castellano) como el día más infeliz del año. La fórmula consta de varias variables, como el aspecto climático (en relación al hemisferio norte), las deudas adquiridas durante las fiestas navideñas (evidentemente bajo un prisma occidental), el dinero que se cobrará a finales de enero, o el tiempo transcurrido desde Navidad. Partiendo de la base de la aparente poca base científica de la que goza esta fórmula, en CUCO nos han llamado la atención otras de las variables utilizadas en la fórmula, que son el período desde el último intento fallido de dejar un mal hábito (o para comenzar un nuevo reto), las motivaciones que quedan y la necesidad de actuar para cambiar la vida.

Escoger un día al año para “celebrar” que es el más triste del año es, cuanto mínimo, desalentador. Sin embargo, si le buscamos cosas positivas podemos, como siempre, encontrarlas. Una de ellas sería el hecho de que, por eliminación, el resto de días hasta finalizar el año deberían ser mejores, lo cual ya cambia algo el punto de vista. Sería algo así como el “no cumpleaños” de Alicia en el País de las Maravillas. De ese modo, tendríamos 364 días al año para ser más felices que durante el Blue Monday. Otro aspecto positivo es que la fórmula que nos lleva a este día tiene en cuenta los malos hábitos que queremos dejar, los nuevos propósitos que nos hemos marcado y la energía que nos queda para luchar por ellos. Elijamos, pues, el Blue Monday como un trampolín para lanzarnos a trabajar por nuestros retos, nuestros ideales y nuestros sueños, que lo peor ya ha pasado.

Pero no siempre enero ha sido el primer mes del año. Casi tres milenios antes de la invención del Blue Monday, el primer mes del año era marzo, pues el calendario occidental contaba únicamente con diez meses. No fue hasta el año 713 antes de nuestra era cuando Numa Pompilio añadió los meses de enero y febrero para completar el año lunar como ya se hacía en otras civilizaciones del mundo.

El mes de enero debe su nombre al dios romano Jano, el dios de las dos caras, el espíritu de las puertas, del principio y del final. Está claro que enero es el mes de los propósitos, una de las caras de Jano mira hacia el pasado y la otra mira hacia el futuro. Una representa el final de un ciclo, y la otra representa el inicio de otro nuevo.

En cierta ocasión escuchamos una metáfora que nos gustó mucho. ¿Sabéis el motivo de que el espejo retrovisor de un coche sea mucho más pequeño que la luna delantera donde está situado? Dejando de lado la evidencia de que si no fuera de ese modo no veríamos nada de lo que se nos avecina, la respuesta está en esta misma negación. El espejo retrovisor nos permite ver el pasado, lo que hemos dejado atrás, y nunca debemos olvidarlo, pero sí darle menos importancia que lo que tenemos delante, la luna delantera, que representa el futuro. Por eso el cristal delantero es mucho mayor que el retrovisor, pues el pasado, pasado está, pero el futuro está por venir y hemos de prestarle atención.

Una forma de mirar hacia el futuro es a través de la educación. Precisamente, esta semana conviven el Blue Monday y el Día Internacional de la Educación, que en 2018 se decidió que sería el 24 de enero de cada año. Si cogemos datos sobre el porcentaje de personas que años atrás se consideraban veganos, o al menos simpatizantes de este estilo de vida que defendemos, los datos no eran muy esperanzadores. Si analizamos los últimos estudios publicados en este sentido, la cosa empieza a animarse. Los millennials han dado un paso cuantitativo y cualitativo muy importante hacia un mundo más sostenible y más vegano. Los adolescentes de hoy deben ser quienes empujen la rueda que ya está en movimiento hasta convertirla en una imparable apisonadora. Y eso pasa, en gran medida, por la educación. En CUCO nos encantaría que la ética que se imparte en las escuelas fuese real, que cuando se hable a los estudiantes sobre los animales se hable de igualdad, se hable de derechos y se hable de justicia. Nos gustaría que la comunidad educativa fuese la primera en interiorizar esos valores para poder transmitirlos. Educar no es enseñar, aunque educación provenga del verbo educar. Pero hay que educar y enseñar a las personas sobre qué es realmente el veganismo, sobre qué defiende, sobre cuál es la realidad y cuál nos gustaría que fuera. Esa tarea nos corresponde a todas nosotras y a todos nosotros, los que en la actualidad vivimos vegano, aportando nuestro granito de arena.

Y, al mismo tiempo, nos gustaría pedir a la comunidad educativa que eduque y enseñe a las actuales y futuras generaciones en base a estos principios de igualdad y de respeto. Les pedimos a ellos, y nos pedimos a nosotros mismos, que se eduque desde el corazón, que se eduque desde la cabeza y que se eduque desde los sentimientos.

Ya le hemos encontrado el lado positivo al Blue Monday; hagamos que el Día Internacional de la Educación vaya más allá de ponerle nombre a un día porque quede bien hacerlo.

Miembros de la Comunidad CUCO, ahora que tenemos nuevos propósitos, ahora que han pasado ya unas semanas desde que nos los marcamos, ahora que ya ha pasado lo peor, ahora que los días empiezan a ser más largos y la oscuridad más corta, recargad vuestras motivaciones y transformarlas en energía para perseguir vuestros retos, objetivos y sueños. Si no ahora, ¿cuándo?