La insoportable levedad del ser es una novela del escritor checo Milan Kundera, que analiza en profundidad la esencia existencial de los personajes que forman parte de la misma, y está ambientada en Praga a finales de la década de los 60 del pasado siglo.

A unos pocos cientos de kilómetros de ese escenario, en Polonia, nació Isaac Bashevis Singer, ganador del Premio Nobel de Literatura, y a quien ya mencionamos unos meses atrás por su cita “no me hice vegetariano por mi salud, sino por la salud de las gallinas”.

Singer no tuvo una vida fácil, pues debido a su condición de judío tuvo que abandonar su tierra natal ante la amenaza Nazi y emigrar a los Estados Unidos de América, donde se consolidó como escritor.

De entre sus numerosas obras, hay una que lleva como título “Cuentos”, y de entre ellos hemos querido hoy seleccionar uno titulado “El matarife”. Este relato narra un episodio de la vida de Yoine Meir, quien debería haberse convertido en el rabino de su ciudad, pero que a raíz de unos sobornos y de diferentes presiones, el cargo lo ocupó otra persona, asignándole a él la responsabilidad de ser el matarife de la comunidad. Inicialmente se negó, pues consideraba que su corazón era tierno y no soportaba la visión de la sangre. Finalmente, decidió aceptar, no de buen grado, tras recibir una carta en la que se le recordaba que el sacrificio hecho según su ritual era mandato divino, y que el hombre no debía ser más compasivo que Dios, fuente de toda compasión.

Yoine Meir, una vez aceptó el cargo, casi dejó de hablar, y llegó a sumirse en la melancolía, pero no deseaba oponerse a la voluntad del rabino, pues ese era su sino: causar tormento y sufrir tormento. Muchas veces al día se repetía a sí mismo la frase que había escuchado: “un hombre no debe ser más compasivo que la fuente de toda compasión”.

El relato continúa y explica que Yoine Meir no hallaba consuelo. A cada convulsión de un ave sacrificada respondía una convulsión de sus propias entrañas. De todos los castigos que hubieran podido sobrevenirle, el peor había sido convertirse en matarife. Pasados los meses, todo transcurría igual, y aquellos cuerpos se negaban a aceptar cualquier justificación o excusa, cada uno de ellos se resistía a su propio modo luchando con el Creador hasta su último aliento. Y Yoine Meir se preguntaba si el libre albedrío podía existir sin dolor. Dado que los animales no estaban dotados de libre albedrío, ¿por qué razón estaban obligados a sufrir? Él sabía que al hombre no le está permitido desear su muerte, pero en lo más profundo de su ser ansiaba el final.

Tiempo después, Yoine Meir ya no dormía por las noches. Y cuando lo lograba, de inmediato le asaltaban las pesadillas. Posiblemente el rabino tuviera razón. El hombre no puede ni debe sentir más compasión que el Señor del mundo. Él, sin embargo, enfermaba de compasión. ¿Cómo podía uno rezar por seguir vivo el año siguiente mientras se les robaba a otros el aliento de la vida?

Tras renegar de Dios, cruel, guerrero y vengativo, comenzó, según sus allegados, a enloquecer, hasta que murió ahogado presa de sus pesadillas. Inmediatamente fue sustituido por un nuevo matarife.

Este relato es una ficción creada por Singer, sin duda inspirado por sus propias convicciones y con el ánimo de cuestionar hasta dónde debe una persona renunciar a sus principios y creencias para contar con el beneplácito de las personas que le rodean y sentirse aceptado por su comunidad. Singer, sin duda, explora, a través de Yoine Meir la existencia de su propio personaje y la suya propia, abordando temas filosóficos y éticos de la misma manera que hace Milan Kundera con su insoportable levedad.

Cambiemos ahora el nombre de Yoine Meir por el de Mauricio García Pereira; cambiemos la localidad de Kolomir por la francesa Limoges; y lo más importante de todo: cambiemos la palabra ficción por realidad.

Mauricio García Pereira, gallego de nacimiento, marchó a vivir a Limoges y, tras varios trabajos temporales, decidió aceptar un puesto en el matadero municipal de la ciudad. La frase con la que fue recibido el primer día no podía ser más clara: "¡Bienvenidos al mayor matadero municipal de Francia! Aquí nos ocupamos de más de mil trescientos ejemplares de vacuno a la semana, el mismo número de corderos y un millar de cerdos”. Cuando llevaba cerca de un año, se dio cuenta de que se estaban matando vacas en avanzado estado de gestación a diario, y cuando trató de advertir a los superiores del error, fue informado de que era una práctica legal y que no podían cambiar el sistema. Años después de aquello, y después de dejar su trabajo, formó parte de un partido animalista en Francia y publicó un libro titulado “Maltrato animal, sufrimiento humano”, donde no llama tanto la atención lo que ocurre en los mataderos y que todos sabemos, sino el retrato centrado en el ambiente laboral. Desde el primer día le dijeron que aquello no era un trabajo para maricas y que debía comportarse como un hombre. El día a día y la costumbre hacen que las personas se habitúen a “vivir” rodeadas de muerte, siendo curiosa la paradoja.

Mauricio García asegura que con la cantidad de animales que se descargan a diario, es imposible no recurrir a la violencia hacia ellos para conseguir que avancen, pues éstos están aterrorizados porque huelen la muerte. Asegura haber visto a compañeros llorando en el trabajo, gente drogándose para ser capaz de seguir el ritmo y emborracharse en el puesto de trabajo para tratar de sobrellevar la pesada carga que soportan.

Es esta una versión actual del matarife de Singer, donde apenas ha cambiado nada. ¿Hasta dónde debe renunciar una persona para encajar dentro del sistema y poder llevar un salario a casa?

En ocasiones conversamos con personas que nos visitan y nos cuentan que su trabajo no está alineado con su forma de entender la vida, pero que necesitan trabajar. En CUCO somos unos privilegiados, porque podemos hacer de nuestro trabajo un lugar donde poder luchar por nuestros ideales, pero no todo el mundo es tan afortunado.

Mauricio asegura que “se te saltan las lágrimas cuando entiendes que no eres más que un pobre operario de mierda, un tipo insignificante que chapotea en la sangre. Por la noche te asaltan las pesadillas, sin tregua. Te despiertas en medio de la noche cubierto de sudor y completamente aterrorizado. Después de pasar dos o tres noches así solo esperas una cosa: que llegue el fin de semana para emborracharte hasta perder el sentido. ¿Cómo quieres manejar a todos esos animales que saben que van a la muerte sin pegarles? Si no, no avanzan… ¿qué va a hacer esa gente? Hay que seguir el ritmo, la cadena continúa”.

Realidad o ficción, la personalidad del personaje de Singer se entremezcla y confunde con la de Mauricio García, y sus dudas existenciales son las mismas, y nos encontramos ante la insoportable levedad del matarife.