Si pedimos que levante la mano quien no se haya enfrentado nunca al debate sobre si la miel es apta para veganos o no, casi con total seguridad no va a quedar ninguna mano sin levantar.

Sin duda es un debate interesante, enriquecedor (como debería ser cualquier debate) y causante de mucha controversia dentro del propio mundo vegano.

En CUCO siempre queremos ser respetuosos con todos los puntos de vista, y más si las razones que llevan a ellos están bien expuestas y tienen cierta coherencia. Para nosotros, la discrepancia bien planteada no solo no nos enfada, sino que nos aporta y nos ayuda a reflexionar.

Hoy queremos dar nuestro punto de vista sobre la miel, y aprovechar para profundizar en la importancia que tiene la abeja en nuestro planeta y, por consiguiente, en nuestra vida, presente y futura.

Permitidnos cierto sesgo y un punto de egocentrismo al centrarnos en Europa, pero la información que hemos podido recabar estaba mejor documentada si nos centrábamos en el viejo continente. En la actualidad, podemos encontrar alrededor de 2.000 especies de abejas en este territorio. La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN por sus siglas en inglés), ha llevado a cabo un estudio sobre 1.965 especies, lo que representa, en la práctica, que se ha abordado el asunto en profundidad. El resultado obtenido es que casi el 10% de las especies de abejas están en peligro de extinción, y la perspectiva es que en muy poco tiempo esta cifra se sitúe en el 15%.

Pero, ¿cuáles son los peligros reales de la extinción de estos insectos? Más allá de la propia desgracia y pena que supone la erradicación de una especie, deberíamos enfrentarnos a una serie de problemas que afectarían a nuestro día a día.

Muchas especies vegetales verían mermada considerablemente su producción, e incluso podrían llegar a desaparecer.

Por otro lado, se reducirían las poblaciones de animales que se alimentan de ellas o de la miel, como es el caso de los osos.

Se reduciría la producción de frutas, pues el crecimiento de los árboles frutales depende de la polinización llevada a cabo por este tipo de insectos.

Para todos aquellos más “materialistas”, la extinción de la abeja supondría una pérdida económica cercana a los 300.000 millones de Euros anuales, que es el valor estimado que aporta la polinización llevada a cabo por estos animales. Esto supondría un efecto en cadena, pues bajaría enormemente el crecimiento de productos agrícolas, representado por un lado por una falta de alimentos para la población mundial, y por otro con un segundo efecto derivado de la falta de nuevos árboles, que llevaría a la reducción de la producción natural de oxígeno, con el pertinente incremento de la contaminación.

Parece evidente, pues, que la importancia de la abeja es clave para la supervivencia del planeta tal y como lo conocemos en la actualidad.

Debemos enfrentarnos a otra pregunta: ¿cuáles son las principales causas de la desaparición de las abejas?

Encontramos, por un lado, la aparición de especies invasoras que están acelerando su exterminio.

Pero por otro lado aparece, como no podía ser de otro modo, la mano del ser humano. Si bien es cierto que el planeta se encuentra actualmente en un período interglacial, y que la temperatura irá en aumento, el estilo de vida actual está acelerando este proceso (que existiría igualmente sin la especie humana, pero de un modo más lento). Esto, a su vez, provoca el deterioro de los hábitats naturales de estas especies.

El uso de pesticidas y plaguicidas en las cosechas y en el mundo de la agricultura en general propicia la muerte de la abeja, y provoca también que el polen recogido sea llevado a otras zonas cargado de sustancias letales.

Entonces, ¿qué podemos hacer para frenar esta extinción? Como en todo, hay soluciones globales y locales. En las globales, poco podemos hacer más allá de firmar peticiones para que los gobiernos prohíban el uso de según qué pesticidas en la agricultura.

Pero en el ámbito local, aquel en el que sí está en nuestra mano el poder ayudar a preservar estas especies, tenemos diferentes alternativas. Por un lado, podemos adquirir únicamente alimentos provenientes de agricultura ecológica, donde no se hayan utilizado elementos químicos potencialmente mortales, generando y potenciando una polinización natural y libre de químicos. Para aquellos más atrevidos, está la opción de crear colmenas, ya sean urbanas o rurales, generando nuevos espacios de vida para las abejas. Hay lugares del mundo donde esto ya es una realidad, y ciudades como Londres o París permiten la creación e instalación de estos panales. Si te animas a crear uno, consulta antes la legislación municipal en este sentido. Pero si puedes y quieres, ¡hazlo!, estarás ayudando a las abejas y al planeta.

Y llegó el momento de abordar el tema de la miel. ¿Es apta para veganos? Según nuestro punto de vista, la respuesta es clara: NO. Como siempre, cada cual es libre de comer según le dicte su conciencia. La nuestra nos dice que no, y a continuación os dejamos una serie de datos que nos ayudaron, en su día, a decantarnos por la negativa a incluir la miel en nuestro estilo de vida:

Partimos del argumento más “capitalista”. La abeja produce miel para ella y para su reina. Como consecuencia de ello, la miel es suya. Si se la quito, estoy robando.

Centrémonos ahora en motivos más espeluznantes. La abeja produce una cantidad de miel suficiente para la alimentación, y como es una especie inteligente, produce de más para los meses donde es más difícil su fabricación. En el momento en que se sustrae su producción y sus reservas, se somete a la abeja a un proceso de estrés por el que debe fabricar nuevamente a marchas forzadas. Para suplir la inanición del animal, las empresas apicultoras alimentan a las abejas con jarabe de azúcar o de maíz, siendo este un alimento no natural para ellas.

Existe un mercado internacional de abejas, principalmente de abejas reinas, para la creación de panales para obtener miel. Durante el traslado, muchas mueren a causa de la falta de oxígeno o por aplastamiento. Al agitarse los panales donde son enviadas, en ocasiones se produce la pérdida de patas al quedar enganchadas. En resumen, que se envían de un lugar a otro del mundo, muchas mueren en el camino, y muchas de las que llegan lo hacen mutiladas.

Al ser un animal con relativa facilidad de movimiento y nomadismo, en muchas apicultoras grandes, y también en muchas pequeñas, utilizan la misma solución para que el enjambre no marche y poder continuar la producción: cortarle las alas a la reina. Una abeja puede alargar su reinado hasta los cinco años, pero a medida que se va haciendo mayor, su liderazgo merma y la producción de miel es menor. Por ello, los apicultores fuerzan un cambio de reina cada dos años, o incluso cada año, de una manera muy sencilla: matando a la reina.

Evidentemente podemos pensar que una producción sostenible habilitaría la miel para ser consumida en el mundo vegano. La miel se produce mediante un ciclo de digestión, regurgitación y posterior alimentación de la misma sustancia hasta convertirla en miel. El proceso, para la abeja, no es fácil ni agradable. Por ello, no queremos robarle su comida y obligarla a producir más.

Si preguntamos ahora quién levanta la mano para ponerse manos a la obra y ayudar a las abejas, esperamos que tampoco quede ninguna mano sin alzar. Miembros de la Comunidad CUCO, las abejas nos necesitan. Y para ello hay que ser más comunidad que nunca. Jesús Manzano dijo que “ninguna abeja vive si no es para servir a las demás. Siendo una, todas progresan”. Progresemos juntos.