No sabe, no sabe, y tiene que aprender; orejas de burro le vamos a poner. Seguro que, querida lectora, querido lector, has reconocido al instante esta cancioncilla infantil que en tantas ocasiones hemos escuchado a lo largo de nuestra infancia.

¿Cuál es el origen de esta expresión? La respuesta la encontramos en el mito griego de Apolo y del rey Midas de Frigia. Según la épica helénica, Midas organizó una competición donde el mejor flautista del mundo sería premiado. El duelo final tuvo lugar entre Apolo y el discípulo aventajado de Dioniso, Pan. La actuación de Pan, más destacada por su empeño que por su resultado, fue, aunque buena, sensiblemente inferior a la del sublime Apolo. Sin embargo, Midas nombró ganador a Pan, y la cólera de Apolo se apoderó de la situación, gritando éste a Midas que se jactaba de ser un rey sabio y justo, pero que había demostrado gran ignorancia como juez. Apolo continuó su discurso diciéndole al rey que, si tanto se deleitaba con el empeño de Pan, engendro medio humano medio cabra, también él pasaría a ser mitad hombre y mitad bestia, creciéndole, en ese momento, dos orejas de burro.

Hasta nuestros días ha llegado hoy este dicho, y bien sabemos que tiene por objeto ridiculizar y tildar de tonto al recipiendario de tal afirmación.

Muchas son las expresiones relacionadas con animales que la lengua de Cervantes utiliza para poner en duda la capacidad intelectual de las personas, tales como las cabezas de chorlito, además de las asociadas al susodicho asno.

Cuando una persona es acusada de cobarde, a menudo se la califica de gallina. Si alguien es sucio, se le llama cerdo, y si subimos el listón, no hace falta darle muchas vueltas a las expresiones, más ligadas al género femenino, de perra y zorra.

En otras ocasiones, si bien no se acusa a otras personas de poseer ciertas cualidades animales (falsas, por cierto, pero ya entraremos en eso…), directamente se apela a conductas humanas especistas del estilo de “matar dos pájaros de un tiro”, “andar como pollo sin cabeza”, “por la boca muere el pez”, o una de las que más nos indigna en CUCO, “muerto el perro se acabó la rabia”. Otro día, si acaso, ya hablaremos de lo ocurrido en Barcelona con Sota y la gestión de las fuerzas del orden. Este tipo de dichos no hacen otra cosa que recordarnos en qué consideración tiene el ser humano a sus compañeros los animales.

Un buen propósito para este año (si aún estamos a tiempo de pedir más deseos) sería reflexionar sobre algunas expresiones que están muy interiorizadas pero que menosprecian a animales que poco tienen que ver con el adjetivo del que son acompañados. Y, puestos a reflexionar, pensemos también en dichos del estilo “esto es cosa de hombres” o “trabajar como un negro”. Pero eso es harina de otro costal (esperamos que no se ofendan los agricultores por esta expresión).

Si analizamos el comportamiento de los animales más mentados en este tipo de expresiones, nos encontramos con que la gallina no tiene nada de cobarde, más bien al contrario, pues defiende con su vida a sus polluelos. El cerdo, en su hábitat natural, es un animal muy limpio. Y el burro, de tonto, no tiene un pelo. Es un animal caracterizado por ser testarudo cuando se pretende hacer las cosas por las malas. De hecho, durante muchos siglos los caminos de montaña se trazaron siguiendo los pasos de los burros, pues estos siempre eligen el sendero más suave. En Grecia, de donde precisamente comentábamos que proviene la expresión de orejas de burro, éste era precisamente un animal muy valioso, y en las grandes religiones monoteístas ha sido el asno quien ha portado a sus principales profetas, como Mahoma o Jesucristo. Así que el burro, no solo no es tonto, sino que además es animal de dioses y profetas, para quien crea en ello.

Aprovechando el inicio de año, varios son los medios que se han hecho eco de las tradicionales profecías de Nostradamus para este año. Entre ellas, hay una que dice que será el año en que los cerdos serán como los humanos, y que los supuestos entendidos interpretan con que el 2019 será el año del veganismo, asunto tratado en el artículo de la pasada semana. Aprovechando que hemos hecho equilibrios y hemos tratado juntos temas delicados como la mitología, el especismo, el lenguaje y la religión, queremos recuperar hoy el monólogo de Shylock en El Mercader de Venecia:

“Me ha arruinado, se ha reído de mis pérdidas y burlado de mis ganancias, ha afrentado a mi nación, ha desalentado a mis amigos y azuzado a mis enemigos. ¿Y cuál es su motivo? Que soy judío. ¿El judío no tiene ojos? ¿El judío no tiene manos, órganos, dimensiones, sentidos, afectos, pasiones? ¿No es alimentado con la misma comida y herido por las mismas armas, víctima de las mismas enfermedades y curado por los mismos medios? ¿No tiene calor en verano y frío en invierno? Si le pican, ¿no sangra? Si nos envenenáis, ¿no morimos? Si nos hacéis daño, ¿no nos vengaremos?"

Por un momento pensemos que, si como dice Nostradamus, en 2019 los cerdos y los humanoss serán iguales, ¿podría el discurso del cerdo ser muy similar al de Shylock en relación al ser humano?:

“¿El cerdo no tiene ojos, manos, órganos, afectos, pasiones? ¿No tiene calor en verano y frío en invierno? Si nos envenenáis, ¿no morimos?"

Nos guardamos la última frase para el final:

“Si nos hacéis daño, ¿no nos vengaremos?”

El cerdo, aunque puede llegar a ser agresivo si está hambriento, no es rencoroso, de la misma manera que no lo son el resto de los animales no humanos. Y es compasivo. Eso sí, si los animales este año llegan a ser iguales que el ser humano y actúan como éste, y terminando ya con los paralelismos religiosos, que alguien nos coja confesados.